Limitado por mi ignorancia
y por la triple dimensión de mi existencia,
en medio del dolor
injurio, blasfemo y me desgarro.
Te encaro, Padre, con preguntas que se quedan sin respuesta,
con cuestiones que se vienen a mi mente,
con dudas que golpean mi cabeza:
¿por qué a ellos?
¿por qué a sus padres?
¿por que a quienes los cuidaban?
¿por qué a quienes con cariño los mimaban?
Y sólo acierto a precisar
que como esencia de la vida
está la muerte.
No más preguntas, Padre,
me queda ahora claro
que así lo dispusiste Tú
para siempre y para todos.
Ahora sé que la prematura partida
de nuestras niñas y niños
no le quita un ápice
a tu infinita misericordia;
y que sus benditas almas
comparten contigo
la alegría del encuentro
ya liberadas del pesado lastre
de sus cuerpos.
Ellas y ellos son un puñado de nuevos luceros
que ahora iluminan más
el cielo de esta tierra,
de este Hermosillo de héroes,
de aquellos que, sin protagonismos ni petulancias,
descamisados para evitar las llamas,
se lanzaron a combatir el fuego
y a rescatarlos de sus entrañas.
No todo se pudo hacer, pero se hizo lo necesario,
lo humanamente posible.
Y entre la fatiga y su desesperación
queda el ejemplo de su heroísmo.
Héroes anónimos también son
quienes pusieron a disposición su carro y su taxi
en forma gratuita, su teléfono, su agua,
su comida y su sangre.
El doctor, la enfermera, los bomberos, la Cruz Roja.
Quien rompió la pared con su vehículo,
los abuelitos, la familia y,
muy especialmente,
los padres de aquellos pequeños luceros
que hoy a todos nos bendicen desde el cielo.
GLORIA A SU ALMA, SEÑOR.