May
23
2010
EL QUE ESTE LIBRE DE CULPA…
Hermosillo, Son.- Imposible ignorar la gran cantidad de opiniones adversas, criticas y descalificaciones expresadas en foros y redes sociales en contra de Diego Fernández de Cevallos y también de Celia Lora, vertidas casi con insano placer en un momento de dolor y sufrimiento para ellos y sus familias, como si la agresión y el ataque tuviesen un efecto de compensación para resarcir el daño social que, a juicio de sus criticos, han causado.
Esta ligereza para juzgar con severidad a un semejante puede atribuirse, por supuesto, a la facilidad para expresarse desde un cómodo y cobarde anonimato, sin tener la obligación de identificarse, ni la necesidad de probar las acusaciones vertidas.
Ciertamente los agredidos pueden no ser ejemplos de rectitud y honestidad en TODOS los actos de su vida, pero nadie puede exigir la perfección a otra persona cuando ésta no es una cualidad de los humanos y menos, cuando el aludido no está, como en estos casos, en condiciones de responder a la interpelación.
Lo único que se muestra con esas actitudes es la pequeñez de espíritu y la envidia, que es uno de los peores males que aquejan al ser humano, ya que lo lleva a acumular el veneno suficiente para juzgar que todos están mal, menos él.
Esa percepción de rapacería y ociosidad nos dejan cuando al amparo de la indefensión se le piden cuentas de su actuación pública a un personaje al que nadie increpó cuando estaba en posibilidad de defenderse y, en un sano juicio, nadie podría considerarse valiente por agredir a un hombre atado.
En el caso de Celia Lora, se carga sobre sus hombros la fama y el éxito profesional de su padre, así como la culpa que nadie quiere aceptar, al reconocer que una situación similar en cualquier familia pudiese pasar.
Por supuesto que ella no es la única persona, hombre o mujer, joven o adulto, que ha conducido o que en el futuro vaya a conducir un auto, si así se llega a probar, en estado de ebriedad total o parcial.
Esto nos muestra una vez más que aquí, lo que públicamente se juzga y nos apresuramos a condenar es el éxito y la fama de las personas, sin atrevernos a reconocer que como sociedad somos nosotros mismos los que generamos las condiciones y propiciamos el ambiente para que se presente el fenómeno delincuencial.
Y en esto no hay ninguna novedad, pues así lo demostró hace más de 2000 años el hijo del carpintero de Belem cuando en defensa de Magdalena desarmó a la turba con una sencilla reflexión que llega con plena vigencia y validez a nuestros días: “Aquel que este libre de culpa…que arroje la primera piedra”.