LA GUERRA SIN FIN
Hermosillo, Son.- Si usted piensa que el combate al narcotráfico es una guerra intestina, cruenta, de frentes confusos y de muy difícil solución, esta en lo cierto.
Las más de 15 mil vidas que ha cobrado tan sólo en el último trienio, nos confirman la veracidad del primer aserto.
Las noticias en los medios y algunas de las aprehensiones más sonadas nos muestran como se confunden y traslapan los frentes en conflicto; por una parte, está el gobierno con las fuerzas armadas y las corporaciones federales, estatales y municipales y, por la otra, los capos con el apoyo de militares cooptados por cualquier medio para su causa y elementos de las propias corporaciones policiales que a cambio de dadivas, realizan labores de espionaje, información, apoyo y mandados a los narcos.
Esta confusión por cierto, se puso abiertamente de manifiesto al saberse que alguna autoridad legalmente constituida le encomendó a este último bando las labores de vigilancia, seguridad y limpieza social en su territorio, a cambio, según se sabe, de impunidad.
Los iniciados han revelado incluso algunas claves secretas cuya sola mención les garantiza-ba el dejar hacer dejar pasar en la realización de su productiva y perniciosa labor. Aquí si, la confusión esta clarísima y pone de manifiesto que los polos de esta guerra son multifacéticos o poli funcionales y que sus actores, en buena medida, son intercambiables, pues lo mismo sirven o se les utiliza para velar por la paz que se les permite destruir a la sociedad.
Ahora bien, frente a las voces que afirman que la lucha armada no es la estrategia adecuada, nosotros pensamos que es necesaria y justa aunque limitada en sus efectos, pues dadas las enormes cantidades de dinero en juego, la prepotencia y el poder económico y social de los capos, reconocida su influencia en algún caso hasta por la revista Forbes, existía ya un grave riesgo de ingobernabilidad, haciendo que no sólo en algunos estados o municipios de excepción, como los ya conocidos en Morelos y tal vez en Nuevo León, sino que todo el país estuviese sujeto a la ley del narco, aplicada a gusto y capricho del capo reinante, quien con su ilimitado poder pasaría a corromper las estructuras sociales y a constituirse en dueño absoluto de vidas y haciendas como ahora lo hacen, manifiesta y públicamente, para defender sus plazas o ajustar sus cuentas en los territorios considerados verdaderos cotos de poder.
Los efectos de esta lucha son limitados porque en nada incide en la prevención del fenómeno delictivo desde su raíz; donde la labor principal debería estar a cargo de padres y maestros seriamente comprometidos a fondo con una verdadera labor educativa en el hogar y en la escuela, donde no sólo se enseñe a los educandos la técnica necesaria para trabajar de mejor manera, sino que se le ayude a descubrir y a vivenciar los valores cívicos, éticos y morales indispensables para prepararle a ejercer consciente y responsablemente su creciente libertad; objetivo último y aspiración fundamental de todo proceso educativo.
En este combate frontal verdaderamente preventivo, de los empresarios se demandaría mayor conciencia y responsabilidad social para disminuir la brecha existente entre los que tienen todo y los que nada tienen y que por ello consideran que nada pierden al optar por la violencia y el crimen como la única vía para salir del hoyo al que los condena la vida.
Al Estado, por su parte, se le debe exigir siempre el cumplimiento de su objetivo más trascendente y esencial: garantizar las mejores condiciones de vida digna y bienestar para que sus habitantes tengan acceso real a los satisfactores que demandan sus necesidades de seguridad, pertenencia, autoestima y realización y no vean a este camino antisocial como la alternativa a mano para superar sus condiciones de pobreza extrema y marginación.
Esta deberá ser la verdadera lucha del gobierno y del pueblo de México si en realidad queremos erradicar el crimen y terminar con la corrupción; todo lo demás será podar las ramas, buscar culpables, exhibir a los malos, ocultar las causas, cerrar los ojos a la realidad y, en consecuencia, negarnos la posibilidad de un México y de un mañana mejor para todos.